
Qué pasa cuando dentro de nuestra tranquilidad, nos topamos con una inmensa telaraña, nuestra primera reacción es el miedo, debido a que no sabemos quién elaboró esa inquietante trampa para cualquier insecto despistado; nuestra segunda reacción es la admiración, nos dejamos deslumbrar por aquella simetría hecha por alguna especie de arácnido, que tiene inscrito en su naturaleza el código para realizar la telaraña perfecta, de tramo a tramo hace que por donde la mires sea un reflejo exacto del lado al que se opone.
Mientras miraba esta construcción, me remontó a pensar en cómo yo estaba construyendo mi propia telaraña, si bien es el hogar de este arácnido, sabe perfectamente que si la lluvia, el viento, o cualquier otra cosa la destruye, puede rehacerla porque así esta dispuesto dentro de sí, ¿yo seré capaz de hacer lo mismo? Definitivamente sí, según mi naturaleza, soy capaz de crear de la nada, y renacer de las cenizas, pero lo que no sé es cuantas veces seré capaz de hacer eso, de reinventarme cada vez que mi telaraña se caiga, es un miedo común quizás, lo único que me queda, y que nos queda como personas es seguir, pararse hasta ver que hay un objetivo más alto por alcanzar. Reconstruir nuestra telaraña, sabiendo que nuestros hilos esta vez, deben ser más fuertes.
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